Entre 2004 y 2019, Medellín fue pionera en el 'urbanismo social', usando la infraestructura como palanca de equidad más que de mera movilidad. El teleférico Metro Línea K (2004) conectó las empinadas comunas de ladera con la red del Metro, reduciendo el tiempo de viaje de dos horas a 30 minutos y activando el cofinanciamiento del Banco Mundial para líneas adicionales.
En 2011, la ciudad añadió escaleras mecánicas al aire libre en la Comuna 13 — entonces uno de los barrios más peligrosos de América Latina — junto con bibliotecas públicas, espacios culturales (Unidades de Vida Articulada, UVAs), alumbrado exterior y programas de microempresa. El sistema cuenta ahora con cinco líneas de teleférico que transportan aproximadamente 136 000 pasajeros diarios.
La transformación urbana coincidió con una tasa de homicidios que descendió de un pico de 395 por 100 000 habitantes en 1991 a 13 por 100 000 en 2023 — una reducción del 97% documentada por los datos oficiales del SISC de Medellín. El análisis con revisión por pares (ScienceDirect, 2016) concluyó que las zonas servidas por la Línea K experimentaron reducciones estadísticamente significativas de la criminalidad. El enfoque está documentado por ONU-Hábitat y el Banco Mundial como modelo replicable, y el Metrocable de Medellín ostenta el Récord Guinness como el teleférico de tránsito público más concurrido del mundo.
El programa tiene matices importantes: la Línea J no logró los mismos resultados sociales que la Línea K, y la violencia repuntó en algunas zonas en años posteriores, demostrando que la infraestructura por sí sola es insuficiente sin inversiones más amplias en seguridad y desarrollo social. Sin embargo, el modelo integrado — tránsito + cultura + oportunidad económica — sigue siendo el ejemplo más citado de intervención urbana equitativa en el Sur Global.
De dónde se obtuvo la información de esta práctica, y cuándo.